Prácticas religiosas y reconfiguración del
espacio público en comunidades de Michoacán

Religious Practices and Reconfiguration of Public
Space in Communities of Michoacan

José Eduardo Zárate Hernández[1]

Resumen: En este ensayo se explora la relación dinámica entre religiosidad y  civilidad en  las  comunidades michoacanas contemporáneas. Con este  propósito  se  discute   la  relación  entre   lo  secular   y  el  espacio público  en términos amplios, referidos no solamente a las sociedades burguesas urbanas, sino a la sociedad rural de nuestros días. Se revisan los  principales procesos de  cambio  y  se  describe la  manera  en  que el lenguaje religioso expresa  los  intereses de las  comunidades locales inmersas en el cambiante mundo  actual.

Palabras clave: religiosidad, secularismo, modernización.

Abstract: This essay  explores the  dynamic relationship between religion and civility in contemporary communities in Michoacan. For this purpose, the relationship between the secular  and the public  space  is discussed in broad  terms,  referring not only to urban  bourgeois societies, but also to the rural society  of today. The main  processes of change  are reviewed and the way religious lan- guage expresses the interests of local communities immersed in today’s changing world is described.

Keywords: religiosity, secularism, modernization.

Introducción

El objetivo de este  ensayo  es mostrar  la importancia de las prácticas religiosas en la conformación de comunidades indígenas modernas, abiertas y plurales, en las que es posible encontrar conviviendo diferentes proyectos de sociedad y en las que aparecen nuevos  actores  sociales  que renuevan los mecanismos comunales de participación. El problema es que  tradicionalmente se   ha entendido la religiosidad popular  como vinculada al tradicionalismo, la obediencia y el conservadurismo, prácticas que se consideran conducen al cierre  social.  Lo que sin duda constituye una gran generalización que sólo oscurece el entendimiento de las múltiples maneras en que la religiosidad y la civilidad se conjugan en  la  conformación de  nuevas  formas  de  convivencia. El  origen  de esta reflexión se encuentra en el estudio, en varias  comunidades de la región purhépecha, de un sistema  de fiestas populares relacionadas con el culto  al Niño  Jesús,  que se ha extendido de manera  notable  en las últimas  décadas. Su marcado crecimiento y la importante participación “voluntaria” de grandes  contingentes de personas en las festividades, así como  de nuevos  actores,  es lo que nos ha dado pie para repensar el papel  que la religiosidad tiene en la sociedad moderna. Es importante señalar  que  existen  varios  estudios relacionados con  el culto  al Niño Dios,  llamado Niñopa, en  la  localidad Xochimilco, en  especial   de Salles  y Valenzuela, 1997;  y Blasquez, 2001.  Estos  trabajos de alguna manera   han  reflexionado sobre  el  significado de  este  culto  en  una sociedad urbana  y moderna como la ciudad  de México, pero no en un ámbito  rural, que está viviendo importantes transformaciones como el de Michoacán.

No obstante hablar  de comunidades modernas y en cierta  medida plurales, implica  el reconocimiento de la existencia, así sea incipiente, de  un  espacio  público  en  localidades que  supuestamente mantienen cierta homogeneidad y no muestran marcadas diferencias o divergencias culturales y políticas. Por  el contrario, el espacio  público  es el lugar donde se expresan las diferencias, ocurre el debate y surgen los acuerdos en relación con un tema común  o a lo que cada comunidad considera el bien común.[2] También implica  cuestionar la idea de que cuando hablamos de un espacio  público  nos  estamos refiriendo a un ámbito estrictamente secular.[3] Asad (2003)  ha criticado que se considere el secularismo como la quinta esencia de la esfera pública en las sociedades modernas, cuando  hay otras expresiones que no se deberían de dejar de lado, como  las acciones afirmativas y los microdebates que ocurren  en ámbitos locales  y que con el paso del tiempo  se van convirtiendo en la nueva realidad o en parte de un nuevo orden social. Entre estas acciones y  microdebates  aparece   en  las  sociedades  modernas  claramente  el interés  por el mantenimiento y la renovación de las prácticas religiosas y de ciertas  manifestaciones de la religiosidad popular.

No voy a discutir  aquí la idea de comunidad cerrada  —o corporada—, pues este tipo de simplificaciones ya se ha cuestionado demasiado[4]. Sin embargo, es necesario decir  que gran parte  de la reflexión en
torno a esta problemática se ha estructurado sobre nociones muy básicas de progreso, modernidad, aislamiento, tradición, que generalmente se utilizan  como  principios excluyentes. Me  parece  que  un  excesivo apego a una idea estrecha de la modernidad y lo secular  nos ha llevado a lamentarnos o bien a sorprendernos por sus impactos des-estructuradores  en los llamados “sistemas tradicionales”, pero  no a comprender cabalmente las distintas maneras de “ser  moderno” de las sociedades comúnmente denominadas “tradicionales”. Lo que significa  entender cómo éstas asimilan las transformaciones sociales  y políticas que bajo la categoría de lo “moderno” o lo “secular” se viven  al menos  desde  hace dos siglos.

En este trabajo,  sólo señaló algunas  de las tendencias más evidentes sobre  diversificación, pluralismo y diferenciación en las comunidades michoacanas que cualquier estudio  etnográfico debería  tomar como punto  de partida,  para  posteriormente ocuparme de la incidencia de las prácticas religiosas en el espacio  público  contemporáneo en localidades  rurales.

Breve recuento de la modernización en las comunidades michoacanas

El objetivo de este apartado no es realizar  un pormenorizado recuento histórico, lo que nos ocuparía demasiado espacio, sino sólo señalar  los puntos sobresalientes que aparecen a lo largo del proceso de construcción del  Estado   mexicano  en  esta  región   y  que  aún  en  la  actualidad resultan significativos para  comprender la naturaleza histórica de las comunidades michoacanas. A grandes  rasgos  los procesos de cambio  y diferenciación en las comunidades michoacanas se pueden  agrupan en tres rubros:

Procesos de diferenciación
En  las  comunidades  michoacanas,  los  procesos  de  diferenciación

económica y política  se disparan a fines del siglo  XIX y después  de la aplicación obligatoria de las leyes de reforma y la privatización de tierras comunales. De entonces a la fecha  se desprenderán varios  problemas que  enunciaré brevemente porque  persisten hasta  el  día  de  hoy.  El primero tiene que ver con indefinición de los límites entre comunidades y el control  y manejo  de los recursos forestales, en alguna  medida  la principal riqueza  de las comunidades de la meseta  purhépecha (Zárate, E., 2011).  Este  tema  se hace  visible  a partir  de la segunda mitad  del siglo XIX, cuando  se pretenden definir las fronteras entre comunidades de manera  precisa,  lo que  hasta  la fecha  ha  resultado prácticamente imposible. Además, desde  fines  del  siglo  XIX  a las primeras décadas del  XX,  es  decir,   durante   el  periodo   conocido  como   “porfiriato”, grandes  empresas concesionarias se aprovecharon de los recursos con pocos  o ningún  beneficio visible  para  las localidades. Luego,  durante gran  parte  del siglo  XX grupos  de las mismas  comunidades, o ajenos a ellas, hicieron un uso intensivo de los recursos forestales en las zonas en disputa   o indefinidas (Espín,  1986; Vázquez, 1992; Zepeda  1998). Vinculada a la explotación de los bosques, aparecen a fines  del siglo XX  y  con  gran  notoriedad en  estas  primeras décadas   del  XXI,  las bandas  de taladores. Un actor  que tendrá  una presencia notable  en la actualidad porque  se vinculará al crimen  organizado —que  armados y con  amenazas despojan de  sus  recursos a las  comunidades—. En cierta  medida   se  trata  de  jóvenes   desempleados, que  al  amparo   de las indefiniciones de límites  han  hecho  de esta  actividad clandestina su ocupación. Y quienes, en la actualidad, no encuentran sino  en la depredación de los recursos comunales un medio  de vida.

También desde  esa época  a la actualidad, han existido  al interior  de las comunidades ciertas  familias  que acaparan importantes extensiones de tierras  cultivables con base en el préstamo o el comercio. La revuelta etno-agrarista que ocurrió en las décadas de los setenta a ochenta del siglo pasado,  lo que pretendía, en gran medida, era una recomunalización de las tierras y una redistribución de los bienes de los particulares al interior de las comunidades, fueran  originarios o, sobre todo, foráneos. La gran mayoría de las comunidades tuvo un éxito limitado en la recuperación de tierras,  justamente porque  en algunos  casos se tenían documentos de
propiedad originados a principios de siglo.  Como  hemos  mostrado en otros trabajos la principal consecuencia de este movimiento se dio en los ámbitos culturales y políticos, en los que sí ocurrió  una redistribución del poder, se crearon  nuevas  normativas para limitar  el autoritarismo de las personas que accedían a cargos  públicos, se reivindicó la asamblea comunal, se exaltó la cultura  local y se reforzó  la identidad étnica como forma de participación política  (Zárate, E., 1993 y 2002).

Si bien  se han detonado nuevos  procesos de acumulación, sólo en las comunidades más grandes, generalmente las cabeceras municipales, son visibles  marcadas diferencias sociales  y de clase. No así en la mayoría de las comunidades en las que procesos de diferenciación aparecen bastante mediados por la cultura  de las relaciones sociales  que inhibe el despliegue de claras diferencias. De los años ochenta a la fecha y luego de la implantación del modelo  neoliberal se han generado nuevos procesos de diferenciación —y acumulación— que tienen  que ver con la conversión de grandes  zonas forestales en huertas  de cultivos  comerciales,  principalmente aguacate; la aparición de empresas y proyectos comunales con financiamiento, y el aumento notable  de la migración interna e internacional (Zárate, E., 2005 y s/f ). Además, como ya mencionamos, también emergió un sector  que se mantiene entre  la informalidad y la ilegalidad. Entre  estas capas  sociales  encontramos grupos con  distintos proyectos de vida  y comunidad, entre  ellos  una  buena cantidad de profesionistas y migrantes, bastante visibles  en todas  las localidades, quienes  junto  con  otros  actores,  permanentemente están generando distintos discursos culturales de comunidad y organización, sea de crítica,  modernización y cambio, sea de mantenimiento y reforzamiento de las costumbres y tradiciones; en algunos  casos también de “cierre”  o de apertura ante ciertas  tendencias, actores  o proyectos. Esto es por supuesto una descripción muy  general,  pero  para  cada  una de estas afirmaciones se podría  recurrir  a casos particulares.

Otro elemento que aparece como parte del proceso de modernización de las comunidades michoacanas es el conflicto social.

Conflicto social
Igualmente podríamos pensar y analizar  el conflicto como un elemento endémico  en   las   comunidades  indígenas  modernas.[5]    Aparece  de manera  clara  en los documentos de fines del siglo  XIX,  entre  quienes lucharon y utilizaron diferentes estratagemas para  evitar  el reparto  de las tierras  comunales y aquellos que se apresuraron a privatizar sus parcelas. También entre  quienes  defendían las tierras  de las cofradías que  servían  para  financiar los  cargos  y quienes  deseaban repartirlas. Luego,  desde  los  años  veinte  y hasta  principios de  la década  de  los cincuenta del siglo veinte,  este conflicto interno  se repetirá  bajo las categorías  de  agraristas  contra   cristeros  o  sinarquistas.  Unos,   con apoyo  del  gobierno revolucionario buscando la formación de  ejidos y el reparto  de tierras  en manos  de particulares o de la comunidad, y otros  defendiendo la propiedad comunal y las llamadas “tierras  de la iglesia”.  Conviene detenernos en este punto  por las implicaciones que estos  eventos  tuvieron en el proceso  de secularización, diversificación del campo  social  y modernización de las mismas  comunidades y que son visibles  aun en la actualidad.

Este  conflicto se manifestó y tuvo  repercusiones prácticamente en todas  las comunidades michoacanas, sin embargo, en muchas  alcanzó tintes  excesivamente violentos y radicales. Como  en Carapan (Saénz, 1992),  Charapan (García  Mora,  1975),  Naranja (Friedrich, 1981  y 1991),  Tiríndaro (Friedrich, 1981;  Solís,  2012),  Puácuaro (Hernández, 2004), Tzurumútaro (Zárate, E., 1992),  entre otras. Sin duda,  en algunas  comunidades se vivió como una especie  de “modernización forzada”. Una  especie  de “pogrom”, que implicaba no sólo  el reparto de tierras  de las pocas haciendas en la región  y de los propietarios particulares, sino también el impulso a la educación pública  y los valores “cívicos”, la integración de los indígenas, el cierre  de las iglesias  y el ataque  directo  a las organizaciones religiosas. Tal como  lo narra  Saénz (íbid.),  durante  su experiencia de campo  en la región  de la Cañada  de los Once Pueblos. Prácticamente la abolición de la pluralidad en pos de una sociedad laica —algunos decían  “atea”—, de campesinos —idealmente  “mestizos”— organizados en sindicatos y otras agrupaciones de carácter  cívico  y oficial (Boyer,  2003).  Se trató de una imposición por la fuerza del secularismo y cierta versión  de la modernidad. En los años álgidos  del conflicto se saquearon las iglesias  y en algunas  comunidades se quemaron los santos  (Becker, 1994;  Guerra,  2002),  o los aventaron al lago, o algunos  particulares se apropiaron de imágenes. Los edificios parroquiales se convirtieron en escuelas, internados o salas de juntas de los ejidatarios, como es visible  hasta el día de hoy en localidades como Naranja, Cherán, Tzurumútaro o Puácuaro.

Durante estos años se perdió  gran parte de la riqueza  artística  de las comunidades, como lienzos, cuadros y esculturas de imágenes religiosas. Los grupos  agraristas fueron  no sólo apoyados sino impulsados por el mismo  Estado,  que  de esta  manera  pretendía restarle  fuerza  al poder de la iglesia  en las comunidades rurales  y crear  un nuevo  ciudadano, absolutamente alejado de los valores religiosos. Las consecuencias sociales además  de las señaladas fueron  la implantación de fuertes  cacicazgos en  las  localidades, el  asesinato selectivo de  opositores y  un  sistema de organizaciones corporativas no religiosas, articuladas al partido oficial,  la principal en el estado  fue la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo. Además en algunas  comunidades aparecieron otras denominaciones religiosas de corte protestante y en general  se desestructuró el sistema de cargos religiosos que prácticamente en todas las comunidades tuvo  que ser reorganizado en las décadas  posteriores (Zárate, E., 1992; Hernández, 2004).

El radicalismo agrarista se debilitó  en los años cincuenta cuando  el Estado  mexicano entra  en la senda  de la modernización económica. Entonces el poder  absoluto de los caciques se modera  y se permite  la libertad  de cultos.  La Iglesia  mexicana y el Estado  pactan  un acuerdo llamado “modus  vivendi”. No obstante en un régimen de partido  único o  de  “partido  hegemónico”,  la  estructura  corporativa  se  mantuvo vigente  por años, no será hasta los noventa que las libertades política  y de organización sean viables  en el estado.

Si bien las libertades cívicas  se habían  ampliado un poco con la reapertura de las iglesias, quedaron subordinadas al discurso de la justicia y a los programas y políticas sociales, muy vinculados al funcionamiento de  las  organizaciones  oficiales.   En  gran  medida   la  mayoría  de  los conflictos políticos  y  sociales   que  aparecen desde  los  sesenta   hasta
los  ochenta del  siglo  veinte  serán  por  el  control   de  los  programas sociales  y las candidaturas para puestos  públicos al interior  del partido hegemónico, entre distintas organizaciones o facciones dentro  de las organizaciones oficiales.[6] Este sistema de revueltas cíclicas que prevalecía en toda la región  se quebrará con la emergencia de una organización de comuneros independiente a fines de los setenta  (Vázquez, 1992; Zárate, E., 1993, Zárate,  M., 1998; Zepeda, 1998) y finalmente con la ruptura al interior  del partido  oficial a fines de los ochenta y la emergencia en el estado  del movimiento, encabezado por Cuauhtemoc Cárdenas, quien había sido gobernador del estado,  denominado “neocardenismo”.

Pluralismo y alternancia política en una sociedad secular
¿Que ha ocurrido de los ochenta a la fecha en términos del pluralismo y la ampliación de las libertades políticas y civiles,  y del mismo  proceso de secularización de las comunidades indígenas?

En  las  zonas  rurales  del  estado,  el  pluralismo político  por  fin  se hizo  realidad. Si bien  existían  antecedentes de  alternancia política  a nivel  municipal, como  ocurrió  a principios de los años  ochenta, con la emergencia del  panismo en  algunas  cabeceras municipales, en  las zonas  propiamente campesinas ésta  no se hizo  realidad sino  hasta  la década  de los noventa. En los primeros años  de la alternancia hay un claro volcamiento de la población hacia el neocardenismo y el partido que de éste emerge.  Aunque en la mayoría de las comunidades lo que ocurrió  fue la ruptura  de antiguas lealtades, filiaciones políticas y redes de colaboración y clientelazgo, quizá  porque  la idea  que  se tenía  era la de seguir  actuando corporativamente, aunque  bajo  otras  siglas.  En los principales municipios indígenas del estado,  en la década  de los noventa, aparece  un claro  bipartidismo. Elección tras elección ganase quien  ganase  irremediablemente surgían  violentos conflictos postelectorales. Durante toda la década  de los noventa después  de cada elección seguía un periodo  de reclamos de los perdedores, en ocasiones enfrentamientos violentos y luego la intervención del gobierno federal y los acuerdos entre grupos.  A nivel del gobierno del estado sucede algo similar,  toda esta década  la gubernatura estuvo  ocupada por interinos nombrados por el gobierno federal.  Quienes luego  de que asumían el poder y con el fin de mantener la gobernabilidad debían  establecer una serie  de alianzas  y compromisos con  los poderes  fácticos, incluyendo sectores  que se mantenían en la informalidad. En el inicio  del nuevo milenio, la llegada  de un gobernador legitimado por las urnas,  de un partido  de oposición, y la renovación del gobierno de oposición por un quinquenio más, trajo consigo  una serie de reacomodos y rupturas que agudizaron los procesos de diversificación y fragmentación que ya venían  ocurriendo.[7]  De tal manera  que en aquellos municipios en los que las disputas se daban  entre  dos fuerzas  aparecieron otras opciones políticas, generalmente conformadas por desplazados o inconformes con  el  manejo   de  recursos. Es  evidente que  en  la  época  actual  el pluralismo político  a nivel local está relacionado con nuevos  objetivos de los grupos  de interés,  como el control  de recursos para obra pública. Lo que siempre  termina beneficiando económicamente a algunos personajes y excluyendo a otros.

La dinámica de divisiones, conflictos y posteriores acuerdos de reparto  del  poder,  que  se vivió  en los  años  noventa, produjo, en las comunidades indígenas, el fin de las lealtades a las siglas  partidistas y en algunos  lugares  el rechazo  a participar en los  procesos electorales formales. En la mayoría de las comunidades los partidos se convirtieron en  cascarones vacíos  con  diferentes ofertas   a  ciertos   sectores   de  la población tendientes a la conformación de clientelas políticas. Cada vez resultará más evidente que las estructuras partidarias tanto  nacionales como  a nivel  del estado  responden a sus propios  intereses, tienen  su propia  agenda  y están  más  preocupadas por  mantener sus  puestos  y privilegios que por lo que acontece localmente, entre otras cosas, en los últimos  años el control  de la extrema violencia, que se convirtió en uno de los temas del debate  público, no sólo local sino nacional.

De tal manera que aun cuando el pluralismo y la alternancia sean una realidad en los municipios y comunidades indígenas, la desconfianza y el resentimiento ante las instituciones políticas han crecido  de manera notable. Esto  no sólo es visible  en el caso del municipio de Cherán  y la comunidad de Nurío  que rechazan a los partidos y a los organismos electorales y ahora se gobiernan por “usos y costumbres”, sino en otras comunidades y municipios que  desde  hace  varios  años  han  formado o le han dado  formalidad a las asociaciones llamadas “Consejos”, que agrupan a las personas con “prestigio” o notables de las comunidades y que intervienen ante ciertos  eventos  o coyunturas que consideran “amenazas” para la comunidad. Éste es sin duda uno de los elementos que le ha dado  fuerza  al movimiento de Cherán, porque  a diferencia de otros  lugares,  su policía  comunitaria y los encargados de diferentes áreas  y tareas  —como las rondas  o guardias— están  subordinados al Consejo. Organismos de este tipo ya existían  desde los noventa en localidades como  San Jerónimo, en el municipio de Quiroga; Nurío, perteneciente al municipio de Paracho; o Tingambato, cabecera del municipio del mismo  nombre. En este último  caso se trata de una asociación civil, denominada “Consejo para la Conservación de las Tradiciones de Tingambato”, conformada por  personas que  cuentan con prestigio social en la población. No pertenece a la estructura municipal,  pero   sin  duda   ejerce   una   muy   importante  influencia en  el quehacer cultural, social  y político  de  la población. Desde  los años  noventa, impulsados por  grupos  de profesionistas e incluso  por los mismos  sacerdotes locales,  existieron intentos por restablecer los “consejos de principales”. Sin  embargo, ha  sido  en  los  últimos  años y ante la amenaza de los grupos  criminales que estos consejos han adquirido un  papel   protagónico.  Principalmente  porque   legitiman la actuación de  las  policías  comunitarias o rondas  de  vigilancia por encima  de las facciones políticas locales.

Lo anterior no es sino una muestra de cómo  se ha ido perdiendo la confianza, que afloró a fines de los ochenta, no sólo en las instituciones políticas sino en los mismos procedimientos electorales. Sin este elemento es difícil que un sistema democrático funcione de manera óptima,  ya que tiene  que ver con que la gente  sienta  que es parte  del proceso, que son escuchados y que su punto de vista será tomado en cuenta (Taylor, 2011). Este último  tema se vincula  con la preocupación por la intervención en el espacio  público  de organizaciones y discursos no seculares.

Además en el caso de Michoacán otro elemento añadido sería el descrédito en que ha caído la política  local a tal grado de volverse indistinguible lo legal  de  lo ilegal.  En  la actualidad, llegar  a ocupar un cargo  público  no es cuestión de prestigio, sino de movilización de recursos, conformación de clientelas e inversión directa,  como  se dice “gana  quien  meta  más  lana”.  No  sólo  se percibe  la relación que  los políticos guardan con  personajes o grupos  ligados  a la delincuencia, sino que se ve a los políticos locales como depredadores de recursos que son considerados como “de todos”. Cuando los políticos mantienen una clara  filiación  partidista su actuación se ve tamizada por los intereses del propio grupo partidista. De ahí que en esos términos las localidades no sólo estén divididas, sino que continuamente se esté cambiando de partido  político  en la administración y aparezcan nuevas  opciones en la escena  pública  local. En gran medida  la decadencia de las ideologías políticas, que hasta  los años  noventa del siglo  pasado  organizaban  la vida pública  ha permitido la ampliación del espacio  de expresión de las religiosidades públicas. No obstante, a pesar  de que existen  múltiples problemas de seguridad y conflictos y divisiones de carácter  político, cuando  aparecen los  temas  religiosos —sean  por  el  control  de  una imagen, sean cooperación— desplazan todos  los otros y se instalan  en el centro  de las preocupaciones de la gente común.

En  resumen, tenemos una  sociedad desigual, diversa  y plural,  en muchos sentidos, pero  que no logra  expresarse como  tal en términos estrictamente  seculares  y   tampoco  encuentra  en   la   ciudadanía política  una  forma  de representación completa —y  habría  que  decir ni auténtica—. De ahí la continua construcción y reconstrucción de organizaciones colectivas. Su  importancia radica  en  que  hasta  ahora se conforman mediante la participación de los sujetos  en los asuntos que la colectividad considera fundamentales, es decir,  los que imagina y define como parte de su identidad o ser, que son innegociables e intransferibles. Uno de ellos que muestra una gran continuidad y consistencia histórica es,  sin  duda,  el  cuidado y  mantenimiento de ciertas  imágenes religiosas y la organización de su culto.

Religiosidades públicas

Entre  los  grandes   temas  de  la  geopolítica y  de  las  ciencias   sociales contemporáneas  está  la  intervención  abierta   de  la  religión   en  los asuntos  públicos de las sociedades seculares o de los Estados  nacionales modernos. De tal manera  que en las discusiones actuales  cada vez toma más  fuerza  la idea  de que  es necesario repensar al estado  secular,  así como al mismo  “espacio público” como ajenos  a la religión  y más bien considerar el hecho de que históricamente han mantenido un estrecho vínculo. Así lo plantean autores  como  Agamben, Asad, Taylor,  Butler. Al  menos   el  término “Estado de  excepción” que  se  ha  vuelto   tan común  desde  fines  de los noventa y sobre  todo  desde  principios del siglo XXI —en tanto aparece  relacionado con el tema de la seguridad, como preocupación fundamental de las sociedades actuales— tiene un fundamento en la idea  teológica del soberano, como  el que  está  por encima  de la ley (Agamben, 1998; Schmitt, 2009).

Además  desde   la  década   de  los  ochenta  ha  quedado  más  que evidente la fuerza  transformadora y, en ocasiones, extremadamente violenta, cuando  no se cuenta  con  fuertes  contrapesos civiles,  que  la religión  puede  llegar a tener en las sociedades modernas. Los ejemplos más  socorridos  son  la  revolución  islámica  en  Irán,   los  sindicatos católicos en  Polonia, las  CEB  en  Nicaragua, Brazil,   entre  otros,  y ahora  la “primavera árabe”  con  sus  revueltas en Libia,  Egipto,  Siria, donde  los grupos  de base religiosa tienen  un papel  protagónico. Ante la ausencia de una representación efectiva  mediante las organizaciones políticas formales y un deficiente ejercicio de la justicia  por parte de las instituciones seculares, como  ocurre  en muchos lugares  y momentos, las organizaciones de carácter  religioso pueden  ocupar  el espacio  de la representación política.

Algunos de estos  casos  son los que toma  José Casanova (1994),  en su estudio  ya clásico,  para proponer el término de “religiones públicas”. Lo  que  muestra es que  las  religiones en  la sociedad contemporánea se han “desprivatizado”. Han  dejado  de estar  confinadas al ámbito  de lo privado  para  incidir  de manera  directa  en el espacio  público. Sin duda  el trabajo  de Casanova representó un  parteaguas en  el estudio de  la  religiosidad y  sirvió  como  punto  de  partida   para  repensar la importancia que  la religiosidad tiene  en el mundo  contemporáneo y hasta dónde  sus valores  son compatibles o no con los de una sociedad secular  o moderna.

Justamente en esta  discusión y luego  de la aparición de la magna obra de Taylor  (2007)  y de la importante obra antropológica de Talal Asad  (2003)  es que  han  surgido  las  críticas  al trabajo  de  Casanova, sobre  todo  a su idea  de “desprivatización”. Se ha demostrado que  la confinación  de  la  religiosidad  al  ámbito   estrictamente  privado   es más bien una excepción en las sociedades liberales, aun en aquellas industrializadas y plenamente seculares. Se trató de la formulación teórica  de un ideal de modernidad, pero que difícilmente se encuentra en las sociedades contemporáneas. Aunque no citan  mutuamente sus respectivas obras,  si bien  Asad  cita un trabajo  previo  y preliminar de Taylor  sobre  secularismo, los  dos  autores  coinciden plenamente en que la idea de un Estado secular o de espacio público secular como excluyente o ajeno  a lo religioso es una  interpretación equivocada o errónea  del  término.[8]  También en  que  es necesario diferenciar entre secular,  secularismo y secularización, pues  no  significan lo mismo  y no  tienen  las  mismas  consecuencias en  el espacio  público. Rastrean en las genealogías de conceptos como secular,  Estado  nación,  contrato social,  bien  público, soberanía, para  mostrar  cómo  las ideas  religiosas y las cívicas  confluyen y se excluyen, convergen y chocan  a lo largo de la historia  del pensamiento moderno, el mismo  que da origen  a la idea de Estado  laico o secular.

Lo más importante es reconocer que existen  varias  definiciones de secular, Taylor  ofrece tres: la que establece una clara separación entre el Estado  y la religión; la que separa  lo público  de lo privado, y la tercera que propone que la creencia religiosa se convirtió para los sujetos  modernos  en una opción  entre  otras.  Es decir,  que legitima el pluralismo religioso. No sólo se trata de elegir una entre varias opciones religiosas, sino entre  varios  sistemas de creencias, entre  los que pueden  competir incluso  con la democracia representativa. Esta última  es la más significativa para entender la persistencia, y en algunos  casos la irrupción, de la religión  en el ámbito  público  sin entrar en contradicción con las instituciones modernas y seculares, en ocasiones, incluso  complementándose.  Mantener una fe o creencia  sería una posibilidad de los sujetos modernos entre otras opciones como la de no creer o incluso  mantener una posición neutra  frente a las manifestaciones religiosas de otros.

Esta propuesta implica dejar de lado la perspectiva durkheimiana, que opone  pensamiento religioso a pensamiento racional —o moderno— y  aceptar   de  manera   definitiva que  su  persistencia bajo  diferentes formas es resultado justamente del avance de la racionalidad. De hecho dice Asad que no es posible  pensar  lo secular  sin lo religioso, o que el pensamiento secular  no existiría  sin el religioso. En algunos  lugares  y épocas,  como  en gran  parte  del Occidente de México  en las primeras décadas  del siglo XX, mantener y defender esa actitud  resultaba incluso más peligroso que declararse abiertamente secular.  En las comunidades contemporáneas, en  gran  medida  legitima las  acciones organizativas que permiten su reproducción social.  Para  los sujetos  modernos sería un  aspecto   igual  de  importante  que  el  reconocimiento  político   o social. Tema  sustantivo cuando  tenemos en consideración poblaciones con  altos  índices  de movilidad y que  no encuentran fácilmente ni el reconocimiento ni  la  satisfacción espiritual que  la  participación en los rituales  y en las organizaciones comunales les otorgan  de manera clara.   Quien   pertenece  a  una   comunidad  y  pretende  mantener activa  su  membresía a ésta,  no  asiste  a las  fiestas  sólo  por  diversión y esparcimiento, sino básicamente por compromiso y solidaridad. Lo que se manifiesta mediante la cooperación y la participación activa  en la organización del culto.

Se participa en la organización no sólo a través  de redes  familiares, sino  también de la cooperación monetaria, en especie  o trabajo.  Pero también la simple  asistencia es una muestra de interés  y, en momentos de  conflicto, de  apoyo  a los  responsables de  llevar  el culto.  En  esta época  la participación en una celebración o culto  religioso en ningún caso representa una actitud  desinteresada, por el contrario siempre implica  el ejercicio libre  y la toma  de  posición frente  al abanico  de creencias que se ofrecen  a las personas.

Los procesos sociales  que enunciamos antes,  y en los que la religiosidad tuvo un papel importante, en la transformación de la sociedad y en la reconfiguración del espacio  público  fueron  posibles porque  existía una  religiosidad viva  asentada en firmes  instituciones y prácticas, y legitimada en la experiencia misma  de las personas, incluso  algunos antropólogos dirían  en un razonamiento lógico  (Lurhman, 2012).  Se trata de un proceso  un tanto similar  al que ocurre  en la India (Canell,
2010),  donde  si bien el gobierno es secular,  la cultura  está fuertemente enraizada en valores  religiosos o espirituales. Lo importante es que son estos valores  los que le dan  soporte  a los comportamientos y expresiones cívicas y no necesariamente los valores de la democracia occidental.

¿A que nos estamos refiriendo? ¿Qué ofrecen  las prácticas religiosas actuales, en particular a las sociedades locales diferenciadas inmersas en acelerados procesos de cambio  y diferenciación social, y en un contexto de violencia e incertidumbre?

Las organizaciones religiosas en una sociedad [post]secular
A  mediados del  siglo  pasado  y cuando  aún  se  pugnaba por  “abrir” e integrar  a las comunidades indígenas a la nación  —o  al desarrollo nacional— se propuso que los sistemas de cargos  religiosos persistían porque  tenían [en el sentido  durkheimiano] una función  redistributiva de la riqueza  y por consiguiente igualadora al interior  de la comunidad. Por lo mismo,  constituían uno de los mecanismos más eficientes para redistribuir el prestigio y mantener a la comunidad aislada  o cerrada  y sin que aparecieran contradicciones que impulsaran el cambio  social. Se trataba  además  de una  jerarquía en la que aparecían mezclados lo civil  y lo religioso, y en la que  se ascendía según  el prestigio logrado mediante  el  financiamiento  de  los  cargos.   En  términos  generales éste  era  el modelo  para  las comunidades indígenas de Mesoamérica. Aunque mostraba variaciones al interior  de esta amplia  área cultural, se expresaba de manera  ejemplar o arquetípica en Los Altos  de Chiapas y en algunas  regiones de Oaxaca  y Guatemala. Aunque era de origen colonial, tenía una gran vigencia en estos lugares.[9] Ya mencionamos la crítica  que  Wassertrom y Rus  hicieron a dicho  modelo  en Los  Altos de Chiapas. Para el caso de Michoacán, Pedro  Carrasco (1976),  quien había realizado su investigación sobre la religiosidad popular a mediados del siglo veinte  en los años inmediatamente posteriores al conflicto religioso, señalaba que  los cargos  habían  entrado  en una  severa  crisis y estaban  a punto  de desaparecer. Carrasco no habla  de sistema  ni de jerarquía religiosa, como  tampoco lo hacía  Aguirre  Beltrán  en su obra Formas  de gobierno indígena. Simplemente subrayaba que el avance  del proceso  de secularización es tal que, tarde o temprano, desaparecerían esas  manifestaciones. El  gasto  excesivo en  su  financiamiento había dejado a algunas familias prácticamente en ruinas, a lo que se aunaban las críticas  —de maestros, agraristas e incluso  de los mismos  sacerdotes— por el gran gasto que implicaban. La situación de pobreza  era tal que la mayoría de las personas no querían  tomar un cargo y a quien le tocaba debía irremediablemente vender  propiedades o endeudarse en grandes cantidades y por  varios  años.  Más  que  una  responsabilidad eran  un gran peso que en ocasiones terminaba aplastándolos.

Pedro  Carrasco también identifica la  particular dinámica de  los cultos michoacanos populares, algunos santos patrones y otras imágenes pierden  popularidad o caen en desuso,  mientras que otras, decía, como los Cristos  milagrosos, toman  un auge inusitado, de tal manera  que se convierten en la fiesta principal de algunas  comunidades desplazando en esplendor a los santos  patrones. Esta dinámica ha continuado y es posible  observar como  nuevos  cultos  van ganando mayor  presencia en el ámbito  público  en los últimos  años.  Sobre  todo  por varias  razones. Entre otras porque  se insertan en los procesos de cambio  que ha vivido esta sociedad en las últimas  décadas.

Lo que encontramos en la actualidad es un calendario festivo excesivamente cargado  de celebraciones, el notable  auge  que  algunas fiestas han adquirido, el aumento en el gasto y la renovación constante de los  mecanismos locales  de solidaridad y cooperación, que  si bien frecuentemente no abarcan  a la comunidad completa, por los conflictos sociales  que les son inherentes, sí representan formas  efectivas de organización comunal. Vemos  en los cultos populares contemporáneos y  sus   celebraciones  un   esplendor  como   no   se   había   visto   con anterioridad, una participación masiva  en los sistemas de cooperación y un compromiso de grandes  cantidades de personas. “Antes,  esta fiesta era chiquita, que esperanzas que se hiciera como ahora, para la Navidad se daba  de comer  a las personas con  una  res, ahora  se matan  más  de diez”, nos comentó una señora de Tingambato. Otra de Aranza,  donde las fiestas de la Navidad duran toda la semana, nos dijo que se sacrifican como 40 cerdos.

En Carapan, la carguera nos comentó que sólo la banda  para los 5 días de la fiesta de Navidad le cobrará  75 mil pesos —que está pagando en  abonos— además  de  que  sacrificarán varias  reses,  para  ofrecer  la comida, durante  los días que duran las celebraciones. En gran parte de las comunidades las fiestas de Navidad duran más de tres días, sin incluir la posadas, varias  procesiones por la comunidad, visitas  a capillas  y a casas particulares, el Año nuevo y la fiesta de Reyes. Aunque en algunas comunidades forman  un contínuum de fiestas de la temporada.

En  la  actualidad el  ciclo  de  fiestas  de  la  imagen  del  Niño  Dios cubre  una  buena  parte  del año,  el principal periodo  inicia  en el mes de diciembre —en  algunas  comunidades el periodo  de las posadas  se ha extendido a todo  el mes,  como  ocurre  en Santa  Fe de la Laguna, debido  a  la  gran  cantidad de  solicitudes para  realizarlas— hasta  el 30 de abril,  Día del Niño.  Las principales fiestas  son Navidad, 24 de diciembre; Santos  Reyes,  6 de enero;  Candelaria, 2 de febrero,  y Día del Niño,  30 de abril.  En aquellas comunidades donde  el Niño  se ha convertido en la imagen  principal, por encima  del Santo Patrón,  como en Tingambato, San Ángel  Zurumucapio, Sevina,  Aranza,  entre otras, además  interviene en el resto de las celebraciones que se llevan  a cabo prácticamente todo  el año. En Tingambato, participa en las fiestas  de los barrios,  en que va de visita a las capillas  y a las casas de los cargueros; en la del Santo  Santiago, el Santo  Patrono que se realiza  en julio; y en la que desde hace algunas  décadas  es la fiesta más grande,  la del Cristo Redentor, que  se celebra  el 14 de enero  y que  también dura  toda  la semana. Los cargueros del Niño  participan en las procesiones, misas  y ofrecen  de comer a los visitantes. En estas comunidades cada familia  de cargueros construye o manda  construir su propio  altar —en ocasiones se trata  de estructuras de madera  bastante elaboradas, con  imágenes labradas  y  columnas,  además   de  varios   niveles—,  cotidianamente cambia los arreglos  florales, imprime calendarios, invitaciones y carteles con la imagen  del Niño dando la bienvenida y la lista de las actividades a realizarse durante  los festejos  del Cristo  Redentor. Todos  los días el altar está adornado con flores naturales frescas.  Muchos de los arreglos florales  los lleva  la gente  que  acude  a visitarlo al igual  que  veladoras y  juguetes, otros  los  mismos   cargueros deben   proporcionarlos. En cada fiesta se ofrece  de comer  a todos los asistentes. Por eso se dice, en algunos  lugares,  como  en Santa  Fe de la Laguna, que si acaso  no es el cargo más importante sí el más pesado,  por el gran gasto que conlleva.

En  gran  medida, en la región,  las fiestas  se han  renovado debido al financiamiento de migrantes que  mantienen una  relación estrecha con  su  comunidad. También se  han  “modernizado” por  los  nuevos ingredientes que  introducen estos  actores.  Por  ejemplo, en  las  listas de  cargueros  de  varias   comunidades  de  los  últimos   cuatro   años, siempre  aparecen además  de migrantes, profesionistas como  médicos, abogados o prósperos agricultores. Los cargueros del Niño  Chichihua de  Aranza    del  año  2014,  residentes en  Estados   Unidos, dejaron  a una de sus hermanas encargada de la imagen  en su pequeña capilla;  el carguero principal de Comachuén de 2014 era un médico  que tenía su consultorio en la comunidad vecina  de Capacuaro, su hija también era médica  y otro de sus hermanos arquitecto. Las familias  de los cargueros de Tingambato de 2012,  2013  y 2014,  contaban entre  sus miembros a varios profesionistas, principalmente maestros, arquitectos, abogados y también migrantes residentes en Estados  Unidos. Los cargueros del Niño  de Chilchota de 2014  también eran  profesionistas avecindados desde hace décadas  en la ciudad  de México.

Lo anterior por mencionar sólo el culto al Niño,  pero en las fiestas principales es aún más común  la participación de migrantes y profesionistas. Como sucede en el caso de San Jerónimo y su fiesta patronal. En aquellas comunidades, donde  la migración tiene  ya una larga  temporalidad,  los cambios y adaptaciones han sido más significativos. Tal es el caso de San Jerónimo Purenchécuaro, donde  las festividades locales forman  parte ya de esa amplia  comunidad transnacional que se ha conformado en las últimas  décadas. Hasta fines de los ochenta, entre 1987 y 1988 había cuatro cargueros, dos por cada mitad del pueblo,  entre los dos de cada mitad  se cooperaban para pagar  una banda,  entonces sólo había dos bandas que amenizaban la fiesta y se colocaban a cada lado de la entrada  principal de la Jefatura  de Tenencia. En la víspera se realizaba una serenata que en ocasiones incluía  música  clásica  para banda  como overturas y marchas. Después según iba transcurriendo la noche continuaban  con música  popular  y ya casi en la madrugada con los sones  y abajeños de la región.  A partir  del año 1988  los cargueros empezaron a venir de fuera, principalmente de Estados  Unidos  —Oregón, Chicago—, desde entonces cada uno contrata su propia  banda.  De esa fecha a la actualidad, en la fiesta  principal dejaron  de ser dos  bandas  para convertirse en cuatro  a cual más de festiva  y sonora,  las mismas  que se distribuyen entre la plaza principal y la cancha  de básquetbol, aledaña.

En algunos  casos, como cada carguero puede financiar por sí mismo casi todo el gasto de la fiesta, no echan  mano  de las redes de apoyo  en su totalidad. Para mediados de los noventa se decía claramente en San Jerónimo: “los cargueros del norte vienen,  hacen  su fiesta y se van…  y ya no vuelven  a cooperar ni con sus familiares ni con otros cargueros”, esta situación, aunque  no es tajante,  pues hay quienes  sí cumplen con ciertas  obligaciones, prácticamente se ha institucionalizado. Lo mismo ha sucedido con la quema  de los castillos. De alguna  manera  antes  se guardaba cierto  orden,  sólo se quemaban dos castillos  y las bandas  se alternaban para  tocar.  Ahora  se van  quemando los castillos  seguidos, cada carguero con su banda paga su propio castillo  y luego de la quema se retiran.  En  ocasiones las otras  bandas  siguen  tocando por  lo que, dice la gente,  “aquello es un verdadero barullo”. Desde  entonces y por iniciativa de los jóvenes  migrantes se estableció un baile popular  en la cancha  central  del pueblo,  amenizado por  las mismas  bandas  que  de noche cambian sus uniformes, instalan  un templete con luces y sonido y se realiza  un baile popular, como se dice, “principalmente para la juventud”. Entones salen  a relucir  las  nuevas  personalidades festivas de hombres y mujeres  jóvenes, quienes  además  de portar  sus nuevos atuendos a la usanza  norteña, también bailan  y se comportan como cualquier otro joven  de origen  popular  urbano. En el caso de San Jerónimo, se ha reafirmado el sistema  de cargueros para todas sus fiestas con la participación de los migrantes, el gasto  conspicuo se ha incrementado notablemente y los cambios son evidentes.

Es  frecuente que  se cambien las  fechas  de  ciertas  fiestas  para  dar lugar a la llegada  de los “hijos  ausentes” o que los cultos  se festejen  en las ciudades del interior  del país y del extranjero. Por ejemplo, réplicas del Niño Chichihua de Aranza  se celebran en Phoenix, Arizona, Cargueros: Víctor  Gutiérrez y Baltazar Zacari  (2010-2011); Colton, California, Cargueros: Familia  Trujillo  Macías  (2012-2013); Los Angeles, California, Cargueros: Familia  Mercado López  (2013-2014); Colton,    California,  Cargueros:  Familia   Rentería  Méndez  (2014, 2015).[10] También en la ciudad  de Guadalajara, las familias  originarias de Pamatácuaro mantienen varias  réplicas  del Niño  y realizan celebraciones similares a las de su comunidad (Bayona, 2006).  Por lo mismo  se buscan  “días  movibles” y que  la fiesta  se celebre  en fin de semana. Se podría  decir  que  en la actualidad aquellas fiestas  que  de alguna  manera  permiten la vinculación de los migrantes o “paisanos” que viven fuera de la comunidad son las que tienen  más afluencia y se celebran con mayor  esplendor, como sucede  ahora con la Navidad.

La vinculación de estos  cultos  con la migración es importante. De hecho  nunca  he conocido a ningún  migrante que antes de emprender su viaje no se encomiende a alguna  imagen. El testimonio de un joven migrante con ideas modernizadoras nos ofrece  un buen ejemplo de las limitaciones que encuentra el pensamiento secular frente al religioso en estos contextos. Ante la pregunta de si asiste a las fiestas del Niño, dice:

pues a veces sí voy, pero a mí ese rollo como  que me saca de onda,  porque  está  bien  que  se haga  algo,  pero  hay  mucho gasto y aquí la gente no está para gastar tanto, yo luego iba a la iglesia los domingos en California y estaba bien porque nos juntábamos los hispanos y comíamos juntos, luego que puros michoacanos y así. Hasta  hay que de cada pueblo  los que se juntan,  pero cada quien  lleva algo, no es el gastadero que se da aquí. Yo creo que ya es mucho,  pero cuando  les digo a mis papás que le bajen hasta se enojan  conmigo, yo nunca  pediría llevar el cargo.  [Aunque] aquí todos le tenemos mucha  fe al Niño,  cuando  pasé la primera vez mi mamá  me puso  un rosario  que  llevaba  la foto  así chiquita del Niño,  yo sé que esa imagen  me ayudó y me protegió mucho.  Luego  había un bato de aquí de Tingambato que lo agarró la ley y lo metieron al bote, yo le mandé  el rosario  para que lo protegiera porque querían  darle cadena  perpetua que porque  dizque  había matado a un policía,  pero él no fue, fueron unos mayates los que se lo echaron, al final vieron  en unas cámaras que había en la calle  que él no había  sido.  Un día [él] hizo una carne  asada en su yarda y me invitó para agradecerme por el rosario  y me lo entregó, el bato decía que el Niño Dios era el que lo había salvado, ya luego un día me estaba  bañando y se me reventó el rosario  (entrevista, 06 01 2013).

De ahí que las opiniones de los agentes  modernizadores que recomiendan que se moderen en las celebraciones resulten difíciles  de aceptar  y adoptar  por las satisfacciones personales y colectivas que trae consigo  la creencia misma.  Habría  que preguntarnos, ¿quién puede negarse  a participar  tras un milagro? Sobre  todo  si la incertidumbre está por todos lados o resulta  ser un componente fundamental de la vida social actual sea por los vaivenes económicos, sea por la violencia desbordada.

Estos cultos  en términos generales permiten la integración y el reconocimiento de actores emergentes como profesionistas y migrantes que se han convertido en los principales promotores y patrocinadores de las celebraciones. Además de hacer  visibles  a otros  sectores  como las mujeres, que  son  las principales encargadas de sostener las fiestas y del cuidado de la imagen  del Niño  Dios,  tanto  en la vida cotidiana como  durante  las fiestas.  En varias  comunidades, donde  la migración es  muy   pronunciada,  incluso   ocupan   los  cargos   más  importantes como   el  de  Prioste   o  Juez.  Si  hay  algún   culto  en  que  participen activamente las mujeres  es en éste.  Mantienen una  relación estrecha e íntima  con  la figura  del  Niño,  se encargan de cuidarlo y darle  un trato  especial. Cotidianamente lo  visitan,  limpian   el  recinto,   llevan flores y otras ofrendas, y están  todo el tiempo  “al pendiente”; durante las  fiestas   grandes   contingentes  de  mujeres   parientes,  amistades  y vecinas  participan en la elaboración de alimentos y en la atención a los visitantes. Sus acciones, de alguna  manera, tienen  un contenido cívico explícito, que es básicamente mostrar  en su comunidad hasta dónde  se puede  ser responsable de cuidar  una imagen  sagrada, que en algunos lugares  es una  verdadera reliquia  de más  de un  siglo  de antigüedad, sin duda  encargo  de gran  magnitud para  el universo local  en que  se desenvuelven estas  personas. En  el caso  específico del  culto  al Niño Dios,  también hace  visible  a los  mismos  niños.  En  cierto  sentido  se trata  simbólicamente de una celebración de la infancia y en términos prácticos en varias  de las fiestas  se reparten de manera  masiva  dulces, juguetes, pasteles  y gelatinas, porque  es para el Niño.

Ya mencionamos la formación de consejos en varias  comunidades. En Tingambato, en particular desde fines de los noventa, se creó el Consejo para la conservación de las tradiciones de Tingambato, justamente  por un enfrentamiento entre  la comunidad y el sacerdote que mediante ciertas artimañas pretendía mantener el control  de la imagen del Niño  Jesús,  lo que hasta  la fecha  no ha logrado, porque  se interpretó como  una acción  egoísta  la de controlar la imagen  y los recursos que ofrecen  los visitantes. Esto debido a que se trata de un bien público que no pertenece a ninguna persona  sino a la comunidad. El control  de éste y la organización de su culto resultan fundamentales para otorgar sentido  al proceso  de comunalización que  permite  la integración de los  distintos actores  incluso  los  que  residen  fuera  de  la comunidad, como  los migrantes. Fue necesaria la creación del Consejo para evitar la confrontación de individuos y familias  particulares con el sacerdote, lo que  provocó que  se reforzara la autonomía del  culto  y el control de la imagen  estuviera en manos  de la comunidad. El Consejo es sin duda un importante referente en el mantenimiento del orden público, incluso  en los momentos de mayor  criminalidad organizaba, como  el de Cherán, guardias nocturnas en los barrios.  Se trata  de una asociación civil conformada por personas de alta calidad  moral,  reconocidas por la comunidad, en la que participan señores  de edad  que han sido cargueros, aunque   también hay  algunos   profesionistas adultos   que, como en el caso de Cherán, intervienen en la política  local, aunque  sin una filiación  partidaria clara. Mantiene una presencia y una vigilancia constante en los asuntos  locales  y en lo que podría  denominarse muy ampliamente la moral  pública. Es sin duda  el referente que permite  a las  personas realizar  las  festividades, incluso  algunos  actos  litúrgicos fuera o en franca  confrontación con la Iglesia.

Por la gran cantidad de recursos que se consumen en cada celebración y a lo largo del año, por la considerable cantidad de personas que voluntariamente se involucran en las celebraciones, y por el ánimo  de cooperación y ayuda que prevalece, este tipo de organizaciones resultan igual de efectivas en la vida pública  que cualquier otra de carácter estrictamente secular,  porque  inciden  directamente en la construcción del orden social,  que al parecer  está fuera de los intereses de los grupos políticos formales.

Conclusiones

Si bien el Estado laico y radical de la primera mitad del siglo XX atacó a la religiosidad popular, en particular el financiamiento de los cultos,  el Estado neoliberal con menor compromiso social la percibe  y promueve como necesaria para el mantenimiento del orden. Ambos han mostrado claras limitaciones en el tema del reconocimiento de sujetos  colectivos y la impartición de justicia.  Así el reforzamiento de redes  y vínculos comunitarios, a través  de la cooperación y la participación voluntaria, se convierte en  un  recurso  estratégico fundamental en  una  sociedad secular,  donde  la pluralidad de opiniones y de opciones religiosas y políticas es también una realidad.

En las sociedades modernas se intentó  por diversos medios  recluir la religión  al ámbito  privado  y dejar el espacio  público  como  un ámbito estrictamente secularizado. Ahora sabemos que se trató de un proyecto que  ha provocado innumerables conflictos. Las  sociedades indígenas de una  u otra  manera  y en distintas épocas  históricas han  resuelto  la vinculación entre lo cívico  y lo religioso a través  de mecanismos como el compromiso, la responsabilidad, la cooperación y el reconocimiento público. En ambos  casos lo que se ha pretendido es regular  la intervención de la religión  en los asuntos  públicos. A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, los cultos  católicos locales  han servido  tanto para ampliar el espectro de la convivencia social y salir o escapar  del encierro de la civilidad radical  y antirreligiosa o permitir la preservación de valores fundamentales para  la convivencia frente  a las presiones individualizantes  del capitalismo neoliberal. Aunque como  acontece claramente en los regímenes fundamentalistas puede llegar a negar la diversidad, la privacidad e incluso  abarcar  todo el espacio  público.

Hasta  ahora  en  las  comunidades michoacanas el  espacio   que  la religión   “propiamente  ocupa”   ha  estado   mediado  por  los  valores cívicos locales que hacen énfasis en la responsabilidad y la participación “voluntaria” en los asuntos  comunitarios. No obstante se trata  de un espacio  donde  lo cívico  y lo religioso aparecen confundidos. Incluso en las acciones políticas contemporáneas, como  aquellas encaminadas a  lograr  un  gobierno comunal autónomo, aun  cuando   su  discurso sea  plenamente secular.  De  ahí  que  aún  en  la  actualidad el  estudio de los procesos de reconocimiento de formas  de participación cívicas particulares debe considerar necesariamente la poca claridad discursiva en la que  se exaltan  valores  como  el comunalismo o la participación voluntaria libre de coerción en los asuntos  públicos. Como  hemos argumentado a  lo  largo  de  este  trabajo   tienen  un  claro  contenido religioso que se renueva  constantemente y es parte constituyente de los comunalismos modernos.

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Notas

1 Agradezco a Jesús  Solís  Cruz  sus amables sugerencias y a los dictaminadores anónimos sus críticas  y comentarios que ayudaron a mejorar  el texto. Maestro en Antropología Social  por El Colegio de Michoacán y Doctor  en Ciencias Sociales  por el CIESAS-Occidente. Líneas de investigación: Sociedad, ideología y concepciones del Mundo. Proyecto: Trasnacionalización, etnicidad y movimientos emergentes  en el centro  de Michoacán. El Colegio de Michoacán.
Correo  electrónico: zarate@colmich.edu.mx
Fecha  de recepción: 26 04 15; Fecha  de aceptación: 05 12 15.

2 No  nos  referimos en  este  trabajo  a la  esfera  pública  como  espacio  metatópico y donde  ocurre  la  discusión de  manera   racional como  lo  plantea   Habermas (2011) y lo retoma  Taylor  en su obra  sobre  los imaginarios sociales  modernos. Sino  a algo mucho  más  simple,  en cuanto  tiene  que  ver  con  un espacio  específico donde  están ocurriendo cambios importantes y definitivos. Guerra  y Lemperiére (1998)  parten  de una distinción similar  entre esfera pública  como un espacio  abstracto e inmaterial y los espacios públicos concretos —“la  calle y la plaza,  el Congreso y el palacio,  el café y la imprenta”—. Para ellos, “los encuentros y las modalidades más intelectuales y etéreas de la comunicación y del intercambio de opiniones se producen en el espacio  compartido de las relaciones personales, del  vecindario, del  parentesco y de la pertenencia a las mismas  instituciones” (p. 10).

3 De antemano sabemos que la existencia de una sociedad plural  y estratificada es una condición para  poder  hablar  de un espacio  público, al menos  así lo refiere  el mismo Habermas cuando especifica que se trata de una categoría propia de la sociedad burguesa.

4 Entre  las argumentaciones antropológicas más  contundentes, por  ejemplo sobre  el modelo  de la comunidad cerrada  de Los Altos de Chiapas, están los trabajos de Jan Rus (2012) y Robert Wasserstrom (1989), y de ambos en conjunto, que muestran claramente cómo el fortalecimiento del sistema  de cargos  políticos y religiosos estuvo  relacionado con el control  que ciertos grupos  locales ejercieron sobre los recursos de una gran parte de la población que regularmente bajaba  a emplearse a las fincas cafetaleras. De hecho, desde  los años sesenta  y sobre todo en las décadas  siguientes que se reflexionaba sobre la pérdida  del aislamiento de los pueblos  originarios y su avasallamiento por el progreso se tenía  claridad sobre  el tema.  Las mismas  tesis  de la CEPAL sobre  la dependencia mostraban que el mismo  capitalismo al expandirse generaba una gran  desigualdad y, por consiguiente, poblaciones dependientes y “atrasadas”.

5 Tal  como  lo plantea  Vázquez (2012),  para  quien  el conflicto en  las  comunidades indígenas es parte de su estructura.

6 El trabajo  que mejor  muestra los procesos que estaban  aconteciendo en esta época  es el de Jesús Tapia  (1992).

7  Nos  referimos a los  gobiernos estatales de  Lázaro  Cárdenas Batel,  2000-2006, y
Leonel  Godoy,  2007-2012.

8 Si bien  se podría  considerar a Taylor  como  un filósofo  católico-hegeliano y a Asad como un constructivista.

9 H. Favre (1973)  planteaba que el estudio  antropológico de Los Altos de Chiapas, por ejemplo, representaba una posibilidad para entender a la sociedad colonial.

10 Información de la página:  https://www.facebook.com/SantoNinoChichihua