
Mandatos de masculinidad y transición a la vida adulta en el México contemporáneo: un análisis desde la perspectiva de curso de vida
Masculinity mandates and transition to adulthood in contemporary Mexico: an analysis from the life course perspective
Doi: 10.31644/ED.FCHDIS.V23.2026.E01
Mario Martínez Salgado https://orcid.org/0000-0002-8979-0250
Universidad Nacional Autónoma de México, México. E-mail: mmartinez.udir@humanidades.unam.mx
Resumen
El propósito de este ensayo es analizar cómo los mandatos de masculinidad influyen en la transición a la vida adulta de los hombres en el México contemporáneo, desde una perspectiva de curso de vida y de los estudios de las masculinidades. Se busca comprender de qué manera las normas culturales asociadas al ser hombre estructuran las trayectorias personales, familiares y laborales en distintos contextos sociales. Para esto, se presentan y discuten algunos resultados de investigaciones de corte cuantitativo sobre el tránsito a la adultez de los hombres mexicanos, lo que permite observar patrones asociados a la construcción de la masculinidad. Estos hallazgos muestran que, pese a la diversificación de experiencias, persisten formas tradicionales de cumplimiento de los mandatos de masculinidad, aunque en las generaciones más recientes se advierten tensiones y reajustes. De esta forma, la transición a la adultez de los hombres en México está marcada por expectativas de género rígidas, pero también por procesos de cambio que reflejan las transformaciones sociales y económicas del país.
Palabras clave:
Curso de vida, transición a la vida adulta, hombres, masculinidades, mandatos de género, México.
Abstract
The purpose of this essay is to analyze how masculinity mandates influence men’s transition to adulthood in contemporary Mexico, from a life course and masculinity studies perspective. It seeks to understand how cultural norms associated with being a man structure personal, family, and work trajectories in different social contexts. To this end, it presents and discusses some results from quantitative research on the transition to adulthood among Mexican men, which allows us to observe patterns associated with the construction of masculinity. These findings show that, despite the diversification of experiences, traditional forms of compliance with the mandates of masculinity persist, although tensions and readjustments are evident in more recent generations. Thus, the transition to adulthood for men in Mexico continues to be marked by rigid gender expectations, as well as by processes of change that reflect the country’s social and economic transformations.
Keywords:
Life course; Transition to adulthood; Men; Masculinities; Gender norms; Mexico.
Recibido: 12/04/2025 • Aceptado: 29/10/2025 • Publicado: 10/08/2026
Introducción
El presente escrito tiene como propósito contribuir a la discusión acerca de lo que representa el tránsito de la juventud a la adultez para los hombres desde la perspectiva de curso de vida y los estudios de las masculinidades. El estudio de este proceso entre etapas de la vida es materia de interés en distintas disciplinas. Los estudios sociodemográficos aprovechan las herramientas teórico-metodológicas del enfoque de curso de vida para estudiar el paso de la juventud a la adultez mediante el análisis de algunas transiciones familiares y no familiares. Estudiar este proceso es relevante porque involucra experiencias y decisiones que participan en la reproducción social y biológica de las sociedades, y porque permite observar las tensiones y adaptaciones que acompañan los cambios culturales y económicos contemporáneos.
En el caso de los hombres, las construcciones de género influyen la manera en que experimentan estos eventos y transiciones. Si bien no son determinantes, estas ofrecen marcos de significado y orientación social que guían sus decisiones. En términos culturales y simbólicos, el género interviene en la configuración de las trayectorias de vida de los hombres al establecer expectativas sobre las actividades, los tiempos y los comportamientos considerados apropiados en cada etapa. No obstante, estos modelos de masculinidad no son fijos, se redefinen continuamente según los contextos sociales, económicos y culturales. Así, los mandatos culturales que tradicionalmente han sostenido ciertas formas de ser hombre también pueden ser resignificados o reinterpretados a lo largo de la vida, abriendo espacios de cambio y agencia. De esta manera, la articulación entre las perspectivas de curso de vida y de género, en particular de los estudios de las masculinidades, ofrece una mirada más amplia sobre el proceso de transición a la vida adulta de los hombres.
Con base en lo anterior, este ensayo se divide en cuatro apartados adicionales a esta sección introductoria. El primero muestra la evolución y desarrollo de la perspectiva de curso de vida, presentando los postulados que la definen e identificando conceptos clave del enfoque. En el segundo se detallan las consideraciones que dan lugar al esquema sociodemográfico de transición a la vida adulta. Después, en el tercer apartado se parte de los estudios de las masculinidades para presentar y discutir tres representaciones de la identidad masculina que moldean las transiciones a la vida adulta de los hombres: la práctica de una sexualidad activa, la paternidad y el rol de proveedor económico familiar. Esta sección se apoya principalmente en investigaciones de corte cuantitativo para identificar patrones y tendencias en las trayectorias de vida masculinas, ello para exponer las formas más visibles y normativas de la masculinidad, aquellas vinculadas con la noción de masculinidad hegemónica. Finalmente, se reflexiona sobre las implicaciones de los mandatos de masculinidad para los hombres y se esbozan algunas consideraciones finales en torno a la importancia de este abordaje para un mejor entendimiento del paso de la juventud a la vida adulta de los hombres.
La perspectiva de curso de vida. Una mirada longitudinal acerca de la vida de los individuos
“You underestimate how the smallest decisions can compound into significant differences over a lifetime” (Kwan y Scheinert, 2022, Everything Everywhere All at Once [Película])
El interés porque las investigaciones sociales tuvieran un acercamiento longitudinal basado en la historia de vida de los individuos, utilizando información biográfica, puede situarse a principios del Siglo XX. De acuerdo con Elder, Kirkpatrick y Crosnoe (2003), en esos años proliferaron estudios que dieron seguimiento a grupos de infantes durante sus primeros años de vida y fueron extendidos a otras etapas mediante la recolección de información relacionada con el desempeño escolar, la vida laboral, el matrimonio y la maternidad/paternidad. También, la influencia que tuvieron acontecimientos de gran escala —como la Gran Depresión y la Primera y Segunda Guerra Mundial— en la vida de las personas que alentaron el interés por conjuntar, desde la sociología, la edad cronológica, la agenda social existente y el tiempo histórico para comprender la interacción entre el cambio social y el desarrollo individual (Elder, 1975). Por otra parte, durante la segunda mitad del siglo pasado, los avances en el área de las matemáticas y la estadística, así como, las nuevas tecnologías que aumentaron la capacidad de procesamiento de datos —y el acceso a bases de datos longitudinales— propiciaron que la investigación en las ciencias sociales se acercara a una visión longitudinal de los fenómenos. Todo esto permite, sobre una base cuantitativa, entender los procesos y tener una visión integral del curso de vida, lo que se ha considerado como un giro histórico en las ciencias sociales (Gauthier, 2023).
Tras estos y otros hechos, es que en la década de los setenta surge en el campo de las ciencias sociales la perspectiva curso de vida. Este paradigma se puede definir con base en cinco postulados que resaltan la importancia de considerar: los procesos de la vida, la agencia humana, las variaciones de tiempo y lugar, la temporalidad, y las vidas vinculadas (Elder et al., 2003). El primero prevé que los individuos pueden experimentar cambios trascendentes en cualquier momento a lo largo de toda la vida, siempre es posible que los avatares personales o cambios contextuales tengan un impacto en la forma en que se desarrollan las vidas de las personas. La noción de agencia reconoce la capacidad de los individuos para decidir, elegir y actuar, reconoce que las personas son agentes activos ante las circunstancias históricas y sociales que les toca vivir. El tiempo y el lugar, siempre dinámicos, dan contexto a los procesos en un entorno cultural y económico particular. Con este postulado se establece que el curso de vida de las personas depende de las particularidades de un contexto social dado; esto es, son las condiciones del espacio y la época las que abren, cierran o limitan las oportunidades y opciones de vida de las personas. La noción de temporalidad se refiere a que los efectos de los acontecimientos que marcan las trayectorias de vida de las personas varían de acuerdo con el momento en el que ocurren, el sentido y el efecto de un mismo suceso puede variar según el momento en el que se presenta en la vida de una persona. Por último, las vidas vinculadas expresan la interdependencia de los individuos en la mayoría de los procesos sociales; este principio destaca el potencial de las relaciones e interacción sociales como fuente de continuas influencias y afectaciones significativas sobre las trayectorias de vida de las personas.
La perspectiva de curso de vida es un enfoque diacrónico útil para entender cómo vive la gente en tiempos y contextos cambiantes, esto mediante el examen de sus trayectorias y entrelazamientos en distintos ámbitos sociales, y bajo diferentes contextos (Gauthier, Bühlmann y Blanchard, 2014). También es valiosa para entender el cambio social al considerar los comportamientos individuales como procesos que se desarrollan en el tiempo y son delineados por los contextos institucionales (Konietzka y Kreyenfeld, 2021).
En este enfoque se conceptualizan y articulan las dimensiones tiempo, contexto y procesos (Elder, 1994). Sobre el tiempo, en todo momento de la vida de los individuos se intersecan tres: el tiempo individual, que se refiere a la edad cronológica; el familiar, que hace alusión a la ocurrencia de los eventos familiares —emancipación, matrimonio, paternidad—; y el histórico, que captura la influencia de ciertos acontecimientos de gran escala en las vidas de los individuos (Hareven, 2000). Con respecto a la edad, se debe destacar que es un elemento básico en los estudios sociológicos, toda vez que en la mayoría de las sociedades occidentales el curso de vida es estructurado, al menos parcialmente, por la edad (Elder, 1975). Asimismo, el ámbito familiar podría no estar estructurado por la edad como sí lo es en otros espacios —escuela y trabajo, por ejemplo—, pero la edad determina la posición generacional y esta sitúa el lugar de los individuos en las familias (Settersten, 2003). Por otra parte, para interpretar los efectos o correlaciones de la edad y el año de nacimiento se debe especificar todo lo que ellos encierran (Elder, 1975).
Desde la perspectiva de curso de vida prácticamente cualquier proceso se puede describir en su estructura utilizando los conceptos trayectoria, etapa, transición y evento (Gauthier et al., 2014). La trayectoria captura la variación de los roles que un individuo tiene a lo largo de la vida en los ámbitos sociales donde se desarrolla. Esta noción no necesariamente califica la secuencia o velocidad con que se realizan las transiciones, reconoce que los individuos pueden experimentar algunos eventos y otros no, dejar o regresar a otros estados y permanecer un tiempo variable en cualquier estado. La etapa como concepto se refiere a los lapsos de vida caracterizados por cierta estabilidad en términos estructurales o funcionales, ejemplo de ello son las etapas familiares o los periodos de estabilidad residencial. La idea de cambio al final de una etapa da lugar a la noción de transición, marca el paso de un estadio a otro y estos pueden ocurrir en cualquier momento de la vida, aunque, como señalan Hogan y Aston (1986), cada sociedad establece un sistema de expectativas en torno a la edad en que ocurren. Por otra parte, con frecuencia un evento significativo se asocia con una transición —el nacimiento de un hijo se asocia con la transición a la paternidad/maternidad, por ejemplo—; el evento ocurre en un momento y lugar particular, y adquiere sentido y significado por parte de la persona que lo experimenta y de su entorno social. Además de estos conceptos, la perspectiva de curso de vida encuentra un interés particular en el estudio de la transición a la vida adulta, que por su relevancia para este ensayo se presenta en el siguiente apartado.
El tránsito a la vida adulta
Los términos infancia, adolescencia, juventud, adultez y vejez son conceptos que han sido construidos con base en un conjunto de condiciones sociales, económicas y culturales, y de acuerdo con Gauthier (2023) solo tienen sentido al relacionarlos con el contexto —tiempo y lugar— en las que se desarrollan las vidas individuales, así como con fuentes de desigualdad, como el género, la etnia, el nivel socioeconómico, las cuales moldean de manera diferenciada las trayectorias de vida. El surgimiento de la adolescencia y juventud como una etapa biográficamente diferenciada de la infancia y la adultez se explica, entre otras cosas, por la expansión de la educación formal y las transformaciones económicas y sociales (Furstenberg, Rumbaut y Settersten, 2005). La combinación de factores demográficos, sociales y culturales en las sociedades preindustriales producían una diferenciación mínima entre la niñez y la etapa adulta (Hareven, 2000; Lloyd, 2005); se puede decir que las infancias, como describe Juan Rulfo en Luvina, pegaban “el brinco del pecho de la madre al azadón” (2018, p. 205).
El estudio de la juventud como etapa de la vida es materia de interés en distintas disciplinas. La antropología, por ejemplo, se interesa, entre otras cosas, en el estudio de los ritos de paso en distintas culturas que conducen a las personas a una transformación social y a la asunción de nuevos derechos y responsabilidades (Gennep, 1986). En la psicología uno de los temas de mayor interés es el de la identidad, toda vez que las personas jóvenes deben adaptarse a los cambios físicos y fisiológicos, e integrar en la imagen de sí mismo su cuerpo en transformación (Uriarte, 2008). La sociología de la juventud tiene entre sus objetos de estudio el significado de la edad y de los grupos de edad para la estructura social, los movimientos sociales y el cambio de valores, así como la configuración de nuevas formas y nuevos estilos de comunicación (Taguenca, 2016). Estas disciplinas también han puesto atención en las disparidades en las vivencias, roles y procesos de socialización de los jóvenes según el sexo. Un hallazgo común es que los hombres tienden a socializar con mayor regularidad en entornos apartados del ámbito doméstico, en tanto que las mujeres aparecen más plenamente integradas a las unidades domésticas (Barfield, 2001). No obstante, es preciso reconocer que existen formas de subordinación y jerarquización que organizan las experiencias sociales y que la perspectiva de género permite reconocer a sujetos omitidos en la intersección con otros ejes de desigualdad (Falú, 2016). De hecho, la interseccionalidad entiende dichas categorías como construcciones articuladas en niveles múltiples y simultáneos (Molina et al., 2022).
Por otra parte, los estudios sociodemográficos encuentran en el enfoque de curso de vida una herramienta teórico-metodológica de gran utilidad para el estudio del tránsito a la vida adulta. Desde esta perspectiva el paso de joven a adulto está relacionado con dos transiciones no familiares: salida de la educación formal y entrada en el mercado laboral; y tres transiciones familiares: dejar el hogar de la familia de origen, entrada en unión conyugal y paternidad/maternidad (Fussell y Furstenberg, 2005). Estas transiciones y sus características describen el proceso por el cual una persona se transforma en un adulto independiente, productivo y reproductivo (Coubès y Zenteno, 2005), y serán las variaciones en el tiempo, la duración y el orden de estas experiencias tempranas las que tendrán consecuencias específicas en las condiciones de integración social de los individuos en las etapas posteriores de la vida (Elder, 1998).
En este proceso de maduración psicológica y social, los jóvenes están sujetos a normas impuestas por las instituciones sociales (Mier y Terán, 2004). De acuerdo con algunos autores, las múltiples formas en que se suceden las transiciones a lo largo del tiempo dejan entrever la influencia, particularmente fuerte, de las estructuras sociales en este proceso porque implican diversos cambios trascendentes en varias dimensiones de la vida en un lapso de vida relativamente corto (Gauthier et al., 2014; Giacoponello, 2023; Videgain, 2023; Zavala et al., 2021). Además, al tratarse de un proceso socialmente construido, en el tránsito a la vida adulta es posible identificar un modelo normativo que define un orden socialmente establecido y las edades en las cuales se han de experimentar los eventos que lo integran (Neugarten, Moore y Lowe, 1965; Hogan y Astone, 1986). De acuerdo con Coubès y Zenteno (2005), en sociedades como la mexicana, esta secuencia cronológica enmarca una expectativa social porque la responsabilidad de una nueva familia, sobre todo una vez que inicia la reproducción, se asume cuando los individuos ya adquirieron una autonomía económica y residencial.
Adicionalmente, dado que las transiciones familiares como las no familiares varían en el tiempo y en el espacio, se han planteado modelos que buscan explicar la lógica que subyace a su estructuración. Con base en discusiones previas Gauthier (2023) destaca las hipótesis de la estandarización y la individualización o desestandarización del curso de vida. La primera explora en los mecanismos institucionales que asocian progresivamente posiciones socialmente definidas a lo largo de la vida con la edad cronológica. En las primeras etapas de la vida, de la infancia a la adultez, edades específicas de los individuos se corresponden con etapas institucionalizadas de la vida social, tal es el caso de los grados escolares y la finalización de los niveles educativos, y en menor medida la entrada en el mercado laboral, la salida del hogar de origen, el inicio de la vida en pareja y la llegada de la paternidad/maternidad. La hipótesis de un proceso de individualización o de desestandarización postula que, a diferencia del pasado, en la actualidad no existen influencias contextuales significativas, lo que permite que las personas elijan libremente la forma de transitar de una etapa a otra y de esta forma construir sus propias trayectorias.
Por otra parte, el esquema clásico de transición a la vida adulta concibe las dimensiones de la identidad de las personas como la adquisición de ciertos roles y estatus. Si bien el estudio de los eventos y su ocurrencia tiene sus limitaciones, son tales experiencias y los roles sociales que asumen los que modelan en parte las expectativas sociales que una sociedad tiene hacia las personas adultas (Coubès y Zenteno, 2005). Asimismo, la pertinencia de este enfoque radica en que el momento en el que ocurren los eventos —la edad en que se entra al mercado laboral, por ejemplo—, así como la secuencia entre ellos —la unión antes de la reproducción o viceversa, por mencionar un caso—, reflejan el estrato social de origen y restringen en buena medida las condiciones posteriores para el desarrollo personal y familiar de las personas jóvenes (Hogan y Astone, 1986). Estudiar el tránsito entre la juventud y la adultez supone revisar gran parte del proceso de reproducción biológica y social de una población, y al mismo tiempo abre la oportunidad de analizar los efectos de selección, y los mecanismos que producen que ciertos atributos individuales, familiares y contextuales provoquen (des)ventajas que se acumulan a lo largo del tiempo (Giacoponello, 2023; Videgain, 2023; Zavala et al., 2021).
Además del estudio de la ocurrencia y temporalidad de los eventos, que se reconocen forman parte del contexto de referencia, es necesario concebir cada transición como un evento en el que confluyen distintos procesos que posteriormente llevarán u orillarán, junto con otras fuerzas sociales, a que las personas tomen o actúen de cierta manera en su proceso de maduración individual. Cada evento, como punto en el tiempo, forma parte de un proceso más amplio, una trayectoria o un conjunto de ellas, que pueden entrelazarse y fundirse en una, conectarse en ciertos momentos o simplemente transcurrir en paralelo.
De esta manera, se puede considerar el tránsito a la vida adulta como un proceso que se materializa en las posibilidades de elegir y actuar de los individuos dentro de un complejo marco, una combinación de intereses propios y restricciones sociales. Una parte sustantiva de este proceso acontece cuando el individuo asume un mosaico de responsabilidades que abarcan las ligadas a la unidad familiar, al contexto social inmediato y al resto de instituciones sociales con las que el individuo interacciona.
Representaciones de la identidad masculina en el tránsito a la vida adulta
“El primer derecho del hombre es creer en el hombre; su primera obligación es no defraudar a los que creen en él.” Guillermo Sheridan, Abel Quezada, mexicano lateral
La forma como las mujeres y particularmente los hombres experimentan los eventos y transiciones es diferente en cada etapa de la vida. Las construcciones de género influyen en estas experiencias, configurando distintas maneras de vivir los cambios de estado. El género actúa como un marco cultural y simbólico dinámico que orienta las interacciones y relaciones (Bourdieu, 2000), pero que también se redefine frente a los profundos cambios sociales y culturales de este siglo. La articulación entre la perspectiva de curso de vida y el género, entonces, puede proporcionar una comprensión más amplia de las desigualdades y dinámicas sociales a lo largo de la vida. Enseguida, se presentan algunas conceptualizaciones de la perspectiva de género, particularmente de los estudios de las masculinidades, para tener un mejor entendimiento del proceso de transición a la vida adulta de los hombres.
Antes de continuar, es preciso señalar que de acuerdo con Connell (2006) la masculinidad es, ante todo, un proceso de búsqueda permanente y reafirmación constante de asimetrías y alternativas de cambio en las relaciones entre los géneros y al interior de ellos. No se trata de un sinónimo de “hombres”, la masculinidad es un esquema que organiza el acceso a recursos, segrega los espacios sociales y define ámbitos de poder (Amuchástegui y Szasz, 2008). Además de explicar los significados asociados al hecho de ser hombre, la masculinidad da cuenta de las formas en que ellos ejercen el poder y como éste se incorpora en las estructuras e instituciones sociales (Careaga y Cruz, 2006).
Asimismo, es posible identificar cierta versión de masculinidad que se erige en norma hegemónica, toda vez que señala lo que estaría permitido y prohibido; esta referencia forma parte de la identidad de los varones y busca regular al máximo las relaciones de género (Olavarría, 2006). No obstante, la relación de los hombres con otros hombres lleva a demoler la imagen homogénea de la masculinidad, lo que sugiere que dentro del grupo de varones hay una gradación, una categorización (Ramírez, 2006). De hecho, una de las principales conclusiones de los estudios sobre masculinidad es la diversidad de masculinidades. No hay un modelo único que funciona para todos los momentos y lugares, existen diferentes culturas y los modelos de masculinidad cambian con el tiempo. De acuerdo con Connell (2006), algunos “estudios históricos de imágenes y debates públicos de la masculinidad han podido rastrear estos procesos culturales a lo largo del tiempo y han mostrado la importancia de un contexto histórico más amplio para las construcciones locales de la masculinidad” (p. 187). La diversidad de masculinidades se refiere a las múltiples articulaciones entre las categorías clase social, etnia, nacionalidad, religión, preferencia sexual, y etapa del curso de vida (Rosas, 2008).
Los hombres aprenden a ser masculinos a partir de la existencia de una cultura de género, esta interiorización depende de la sociedad de que se trate, del grupo social y la generación a la que se pertenezca (Bourdieu, 2000). La identidad de género masculina refiere a un conjunto de disposiciones que configuran la forma de pensar, las representaciones e interpretaciones de la vida individual y social, y regulan los marcos de socialización, las prácticas y los sentimientos de los hombres (Rojas, 2008). Es un proceso que se desarrolla a lo largo de la vida en el que los hombres buscan permanentemente reafirmar los atributos masculinos asociados con la sexualidad, la reproducción, el trabajo y la proveeduría, y con ello obtener el reconocimiento social de hombres cabales (Martínez y Ferraris, 2025; Rojas, 2022). En este sentido, para Olavarría (2006) el prestigio y reconocimiento social como hombres adultos lo obtienen quienes exhiben un inicio sexual temprano, se insertan y mantienen en el mercado laboral, forman una familia —en términos conyugales y, sobre todo, reproductivos— y, ante todo, la sostienen económicamente.
Es posible plantear, entonces, que existen modelos de masculinidad asociados a ciertos contextos sociales y culturales, y a cada etapa de la vida. Esto es, tanto los significados vinculados al hecho de ser hombre, como la forma en la que se ejerce el poder, se desarrollan a lo largo de la vida. Los atributos que distinguen a los hombres están sostenidos y reforzados por una serie de mandatos sociales en distintos momentos de la vida. Para los hombres estas representaciones sociales son preceptos que dirigen su actuar en el mundo en el que viven y condicionan su participación en la vida social (Sammut y Howarth, 2014). Son representaciones simbólicas que se nutren de un deber ser masculino y se comparten socialmente, y en su conjunto contribuyen a moldear una identidad masculina en cada etapa del curso de vida. Estas constantes del sistema de género son prácticas cotidianas socialmente esperadas que se encuentran en gran parte de las diferentes masculinidades y están presentes en sociedades geográfica y culturalmente lejanas entre sí (Rosas, 2008).
Asimismo, en el pasaje a la adultez no puede soslayarse la influencia que tienen los recursos materiales y culturales con los que se cuente, así como las oportunidades o limitaciones que brinde el contexto social. Los mandatos de masculinidad que regulan el tránsito a la vida adulta de los hombres están marcados por la desigualdad social existente (Mora y Oliveira, 2014; Ferraris y Martínez, 2023, 2025). En consecuencia, su exhibición y ejercicio dependerán de los recursos que posean o hereden, del contexto social en el que vivan, de su sensibilidad y de la exitosa aprobación de las pruebas de iniciación que les permitan reconocerse y ser reconocidos como hombres adultos. En el marco de los estudios de las masculinidades la práctica de una sexualidad activa y otros aspectos importantes como la paternidad y el rol de proveedor económico familiar son parte de la formación de la identidad masculina (García y Oliveira, 2006). En seguida se discutirá y expondrá la relación de estas representaciones con el tránsito a la vida adulta de los hombres; además, para resaltar la pertinencia de este abordaje se presentan algunos hallazgos de investigaciones de corte cuantitativo acerca del camino a la adultez de los hombres mexicanos.
La práctica de una sexualidad activa
En un sentido amplio la sexualidad se refiere a comportamientos, prácticas y hábitos donde el cuerpo juega un papel central, así como a las relaciones sociales, ideas, moralidades y significados creados en torno a los deseos y conductas sexuales (Ariza y Oliveira, 2008). En las sociedades modernas una característica particular de la sexualidad es su relativa autonomización respecto de los demás ámbitos sociales, en particular al ámbito de la reproducción (Rojas, 2008). Asimismo, la sexualidad en estas sociedades se constituye como un eje de organización que jerarquiza a las personas, que gradúa la respetabilidad y estima social, el prestigio y el poder, de acuerdo con la proximidad que su ejercicio tenga de los códigos normativos imperantes (Ariza y Oliveira, 2008). Los hombres que llegada cierta edad no han iniciado su vida sexual ponen en duda su identidad masculina; y no solo eso, si sus preferencias y vivencias no se alinean con una expectativa social de una actividad sexual temprana y vasta, entonces pueden ver cuestionada, nuevamente, su identidad como hombre (Amuchástegui, 2001; Rojas, 2014).
Si bien el inicio de la vida sexual no forma parte de los eventos que integran el esquema clásico de transición a la vida adulta en la perspectiva de curso de vida, no se puede soslayar que cada sociedad ha construido un modelo absoluto de masculinidad que presiona a los hombres mediante discursos excluyentes de toda consideración emocional que se defina como femenina y enaltece el coito como un evento que marca la transición de la niñez a la adultez (Stern, Fuentes, Lozano y Reysoo, 2003). De acuerdo con Rojas (2022) el comienzo de la vida sexual para los varones es una experiencia indispensable para adquirir los saberes necesarios para hacerse hombres y con ello alejarse de la inocencia infantil. Entonces, las demostraciones sexuales son centrales para la afirmación de la identidad masculina en el tránsito a la adultez (Amuchástegui, 2001).
En México, de acuerdo con los datos de diversas encuestas nacionales, como la Encuesta Nacional de la Juventud y la Encuesta Demográfica Retrospectiva, los comportamientos sexuales de hombres y mujeres son marcadamente diferentes. El calendario de inicio de la vida sexual, por ejemplo, es más temprano para ellos que para ellas; también los hombres reportan más experiencias sexuales antes de la unión conyugal en donde no necesariamente existen vínculos afectivos; y la distancia temporal entre el comienzo de la vida sexual y la unión conyugal es más amplia en el caso de los hombres (Menkes, De Jesús y Sosa, 2019; Rojas y Castrejón, 2020). Estos resultados exponen que existe entre los hombres, a diferencia de las mujeres, una disociación entre la actividad sexual y la capacidad reproductiva, que deja entrever la negación de su responsabilidad reproductiva durante las relaciones sexuales (Rojas, 2008).
La temporalidad de este evento para los hombres mexicanos se ubica entre las transiciones no familiares —salir de la escuela y entrar al mercado laboral— y las familiares —dejar el hogar de origen, comenzar la vida conyugal y tener un hijo—. La mayoría de los hombres mexicanos se inició sexualmente antes de cumplir 20 años (Gayet y Gutiérrez, 2014; Rojas y Castrejón, 2020). También estas investigaciones reportan variaciones en el calendario del evento por generación y otros atributos individuales. Se observa cierto rejuvenecimiento en la edad de debut sexual, que puede estar asociado a cambios en la actitud y comportamiento sexual ocurridos en las décadas pasadas. La posición de nacimiento también exhibe calendarios diferenciados, es posible que los hijos menores, a diferencia de los primogénitos, enfrenten ambientes familiares menos restrictivos en materia sexual (Martínez, 2014). Asimismo, los hijos mayores estarían adelantando su debut sexual para ajustarse al modelo adulto que se cierne sobre ellos, mismo que los lleva a asumir roles adultos a edades tempranas. La evidencia también apunta a que el conocimiento de métodos anticonceptivos y un alto nivel de escolaridad resta celeridad al comienzo de la vida sexual (Gayet y Gutiérrez, 2014; Rojas y Castrejón, 2020). Es un mayor nivel de instrucción, en resumen, lo que les permite a los hombres mexicanos distanciarse de las pautas de masculinidad que promueven una actividad sexual temprana y una experiencia sexual abundante para que no se ponga en entredicho su identidad como hombres.
La paternidad
La paternidad es un elemento constitutivo y fundamental del modelo de masculinidad dominante que da sentido a la existencia vital y cotidiana de los hombres (Olavarría, 2004). La procreación puede entenderse como uno de los mandatos que facilitan el reconocimiento social de los hombres como adultos. En muchos contextos, la paternidad opera como una prueba simbólica de madurez que permite poner fin a la etapa de la juventud (Rojas, 2014). Tener un hijo significa asumir nuevas responsabilidades y confirmar la virilidad siempre puesta en duda; más aún, la masculinidad se consagra al tener un hijo varón porque garantiza la continuidad de la familia tanto en un sentido material como en su sentido de prestigio (Fuller, 2000).
En contextos donde estos mandatos están más arraigados, el inicio de la vida conyugal para los varones es prácticamente el comienzo de su vida como padres (Martínez, 2014). Para los hombres unidos conyugalmente entre más tiempo pase antes de la llegada del primer hijo, el entorno social y familiar tendrá más elementos para poner en entredicho su virilidad, su capacidad como hombre (Rojas, 2008). En contextos populares la paternidad es considerada como constitutiva de la masculinidad y, por ello, de los proyectos de vida de los jóvenes, aunque en pocos casos se asocia a la figura paterna otras funciones como cuidar a los hijos, acompañarlos o participar en las tareas domésticas (Stern et al., 2003).
Por otra parte, una investigación reciente con base en los datos de la Encuesta Demográfica Retrospectiva de 2017 ubicó la edad mediana de los hombres, al nacimiento del primer hijo en México, apenas por encima de los 25 años, y encontró también que casi dos tercios de los hombres se convirtieron en padres antes de los 30 años, además de que se reportar cierta invariabilidad en el calendario del evento a lo largo del tiempo (Martínez, 2023). Otros estudios exponen que la temporalidad de la llegada de la paternidad sigue el mismo comportamiento que el del inicio de la vida en pareja (Martínez, 2024, 2025). Para la mayoría de los hombres, el nacimiento del primer hijo ocurre antes de que el inicio de la vida conyugal cumpla dos años, esta sincronía sucede a través de las generaciones nacidas antes de la pasada década de los noventa y entre todos los estratos socioeconómicos considerados.
Otra investigación identificó que no solo la edad de entrada en unión, también el tipo de unión conyugal marca de forma importante el calendario de llegada del primer hijo (Martínez, 2014). La evidencia que se reporta sugiere que las uniones legales son más propicias que las consensuales para la reproducción biológica. Además, este estudio apunta a que algunas características y prácticas de los individuos, asociadas a las condiciones del hogar de origen, regulan hasta cierto punto la llegada del primer hijo. Los primogénitos son más propensos a convertirse en padres a edades tempranas, es posible que esto se asocie con las exigencias y expectativas adultas que se despliegan sobre ellos. Asimismo, las afiliaciones religiosas distintas a la católica exhiben un calendario reproductivo más temprano. Es posible que estos espacios sean más conservadores que el católico y, por tanto, más próximos a relaciones de género que promueven esquemas de familia jerárquicos y autoritarios o pautas más rígidas de masculinidad vinculadas a la reproducción y a la crianza.
El rol de proveedor económico familiar
Las representaciones sociales, acerca del ámbito laboral, se integran gradualmente a la vida de los hombres a través de distintos procesos que suceden en las esferas escolar y familiar hasta formar parte de la identidad masculina (Rojas, 2022). El ingreso al mercado laboral es una de las transiciones más importantes en la vida de los hombres porque con ello comienzan a adquirir la capacidad para cumplir con la expectativa social y cultural del rol de proveedor económico, que es un paso fundamental para ser considerados hombres adultos (Martínez y Ferraris, 2025). Entre los hombres que se han unido conyugalmente, que son padres y que han formado una familia, el rol de proveedor económico tiene un carácter estructurador (Olavarría, 2006). La paternidad y el trabajo son elementos que modelan y dan sentido a la existencia de los hombres (Rojas, 2014). En diversos contextos socioculturales ser proveedor económico tiene una importante connotación simbólica porque se asocia a la idea del poder y autoridad, a las nociones de responsabilidad, protección y apoyo, representación de la familia y defensa del honor (García y Oliveira, 2006).
El estatus de proveedor económico es un complejo sistema de valores que juzga la importancia de los hombres en función de la posición y el ingreso por su trabajo (Rosas, 2008). Los hombres que son proveedores económicos manejan y controlan el dinero obtenido por su trabajo y deciden su destino, en cambio, los hombres que no pueden cumplir con este mandato o si están en condiciones de cumplirlo, pero no lo hacen, arriesgan su estatus masculino (Olavarría, 2006). Satisfacer las necesidades económicas de la familia es una preocupación constante para los hombres, este mandato en ocasiones hace que dejen sus necesidades personales en último lugar (Salguero, 2008). También se ha observado que el desempleo afecta la autoestima y la seguridad de los hombres, produciendo angustia, depresión, frustración y enojo (Rojas, 2008); otros estudios reportan que en ocasiones algunos hombres que no pueden cumplir con las obligaciones económicas familiares tienen comportamientos violentos en contra de sus parejas y de los hijos e hijas (García y Oliveira, 2006; Nazarinia Roy, Schumm y Britt, 2014).
Por otra parte, en por lo menos las últimas cinco décadas las transformaciones económicas, sociales y demográficas han dado lugar a una creciente y sistemática incorporación de las mujeres a la actividad laboral, esto ha generado cambios de orden cultural que se asocian con profundas modificaciones en la percepción de autonomía y en la participación social de las mujeres (Arriagada, 2017). Al mismo tiempo, las transformaciones económicas recientes han propiciado cambios en las estructuras ocupacionales, los mercados de trabajo en la actualidad se caracterizan por la inestabilidad, la precariedad e incluso la pérdida de los empleos, aspectos que impactan considerablemente en las expectativas respecto a la seguridad laboral a largo plazo (Rojas, 2022). En ciertos contextos estos hechos han contribuido a debilitar la figura del hombre proveedor como componente esencial de la identidad masculina. De acuerdo con Núñez (2013), estas transformaciones han hecho que el rol de proveedor económico comience a dejar de ser un elemento central de la identidad masculina. En los hogares la aparición de patrones de autoridad con esquemas de aportación y distribución del ingreso distintos de aquellos que descansaban en el hombre los confronta, les plantea cuestionamientos acerca de la insuficiencia del rol de proveedor y la necesidad de establecer otras formas de comprometerse y relacionarse con sus familias (Olavarría, 2006; Ramírez, 2006; Salguero, 2008).
A pesar de lo anterior, los cambios de las décadas pasadas no han sido suficientes para transformar, en todos los sectores sociales, las representaciones y valoraciones dominantes de la identidad masculina. Martínez y Ferraris (2016, 2023) encontraron, con los datos de la Encuesta Demográfica Retrospectiva, que solo los hombres de las cohortes de nacimiento más recientes y de los estratos sociales más favorecidos se distancian de las normas de género dicotómicas que demandan de ellos el desempeño del rol de proveedor económico y autoridad del hogar para construir una masculinidad en deconstrucción y relaciones más igualitarias.
En otro estudio Martínez y Ferraris (2021) analizaron las trayectorias de sostenimiento económico del hogar de hombres y mujeres a lo largo del curso de vida. Encontraron que en los estratos menos favorecidos los roles tradicionales de género son más acentuados, particularmente el de hombre-proveedor y el de mujer-ama de casa con baja participación laboral remunerada, mientras que en los sectores medios y altos estas representaciones no son preponderantes. Asimismo, en los estratos medios y sobre todo altos sobresalen las mujeres que, sin ser principales sostenes económicos del hogar, tienen un trabajo remunerado bajo contratos formales. Acerca de este resultado, los autores destacan que son estas mujeres las que en momentos de crisis exhiben tramos de proveeduría económica en sus trayectorias laborales, y en esos momentos es cuando se contrae el peso de los hombres como principal sostén económico del hogar en condiciones de empleo formales.
Consideraciones finales
El tránsito a la vida adulta es un proceso de particular interés para la sociodemografía porque involucra eventos y transiciones que intervienen en la reproducción tanto social como biológica de una sociedad. Asimismo, las construcciones de género configuran un sistema de exigencias y expectativas sociales que marcan la forma en que las personas experimentan esta transición. Con esto, el propósito de este ensayo es contribuir a la discusión acerca de lo que representa este proceso para los hombres desde la perspectiva de curso de vida y de los estudios de las masculinidades.
Con este fin, en un primer momento, se expusieron algunos aspectos esenciales para entender el enfoque diacrónico, entre ellos los postulados que lo definen y ciertos conceptos clave. Enseguida, se presentó el esquema sociodemográfico clásico de transición a la vida adulta, resaltando los eventos y transiciones que lo componen, y discutiendo otras consideraciones que le dan sustento al encuadre. Luego, se discutieron tres representaciones de la identidad masculina que moldean y articulan las transiciones a la vida adulta, en esta revisión se mostraron algunos resultados de investigaciones de corte cuantitativo para resaltar la pertinencia del entrelazamiento de la perspectiva de curso de vida y de los estudios de las masculinidades.
Desde este encuadre, es posible sostener que para tener una mejor comprensión del tránsito a la adultez de los hombres es preciso partir de que los mandatos de masculinidad —práctica de una sexualidad activa, paternidad y rol de proveedor económico familiar—modulan el estatus y prestigio social de los varones; y que las expectativas y exigencias en torno a la virilidad de los hombres influyen en diversos aspectos de su tránsito a la vida adulta —iniciación sexual y reproducción; trabajo, unión conyugal, y paternidad—. Entonces, además de los modelos de masculinidades asociados a ciertos contextos sociales y culturales, es posible pensar en pautas vinculadas con cada etapa de la vida; esto porque tanto los significados relacionados con el hecho de ser hombre, como la forma en la que se ejerce el poder se desarrollan a lo largo de la vida. Los atributos que distinguen a los hombres están sostenidos y reforzados por una serie de mandatos sociales en distintos momentos, ellos expresan una masculinidad de referencia en cada etapa del curso de vida. El ejercicio y exhibición de estos mandatos, incluso el grado de distanciamiento con estas formas de entender la masculinidad, depende de los recursos materiales y culturales con los que se cuente, y de las oportunidades o limitaciones que brinde el contexto histórico y social.
Aun lo anterior, existen indicios de que se está gestando un cambio. A diferencia de las décadas pasadas, en la actualidad es posible ubicar segmentos de la población masculina que se caracterizan, sobre todo, por ser de las generaciones más recientes y de los estratos sociales más favorecidos que toman distancia de las normas de género tradicionales que demandan de los hombres el cumplimiento de los mandatos de masculinidad. Si bien esto no necesariamente se traduce en relaciones más igualitarias entre hombres y mujeres, sí se ha detectado en estos grupos cierto grado de transformación en, por ejemplo, el ejercicio de la paternidad, lo que implica un incremento en el tiempo que los padres destinan al cuidado de sus hijos. Sin embargo, esta transformación convive con resistencias significativas, expresadas en la persistencia de prácticas violentas, actitudes defensivas o intentos de reafirmación del orden de género. Por ejemplo, con respecto al trabajo doméstico y al de cuidados, de enfermos o personas mayores, persiste la idea de que estas tareas son responsabilidad de las mujeres. Así, las masculinidades se encuentran en un momento de redefinición y tensión, en el que coexisten procesos de cambio y permanencias estructurales. La democratización de los hogares y las familias sigue siendo una tarea pendiente que requiere nuevas políticas y prácticas sociales orientadas a redistribuir la carga del trabajo remunerado y no remunerado entre hombres y mujeres.
Finalmente, los hallazgos aquí revisados muestran tanto la persistencia de los mandatos tradicionales de masculinidad como la emergencia de formas alternativas de ser hombre en el México contemporáneo. Sin embargo, para avanzar hacia una comprensión más amplia y crítica de estos procesos, es necesario integrar perspectivas cualitativas que profundicen en las experiencias, significados y emociones de los hombres. Tales aproximaciones permiten visibilizar no solo las resistencias y tensiones frente al modelo de masculinidad hegemónica, también permiten identificar los espacios de cambio, vulnerabilidad y agencia donde se gestan las transformaciones en las relaciones entre los géneros y en las formas de entender la identidad masculina.
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